22 de marzo de 2010

21 de marzo de 2010

Man on Wire

Hice algo magnifico y misterioso, y conseguí un práctico “¿por qué?”, y la belleza de todo ello es que no necesité ningún “¿por qué?
                                                                                   Philippe Petit


Aunque no han sido pocas las ocasiones en que, mientras veía subir los créditos finales de determinada película, he sentido casi la necesidad de saltar hasta el escritorio para redactar las impresiones que me ha dejado aquello que acabo de ver, siempre he resistido la tentación convencido de que esa es tarea de quienes, con más experiencia y criterio, pueden aportar un análisis más profundo, coherente y enriquecedor para el posible lector que acuda a una crítica cinematográfica. Sin embargo, Man on Wire me ha dejado en las manos un material que es imposible no aprovechar, y no hablo, por tanto, de cuestiones más o menos técnicas, de las que sólo apuntaré el logrado ritmo narrativo a través del cual, en el progresivo descubrimiento de los preparativos de la fantástica hazaña, es capaz de crear emoción e intriga hacia un final que el espectador conoce a priori, y al que nos conduce un genial Philippe Petit agitando los estáticos planos del testimonio mediante esa mágica entonación y mímica circense que acompaña a un discurso tan plagado de literatura que he tardado bastante en elegir la cita que encabezaría este texto. Me refiero concretamente a la maravillosa idea que supone el principio y que late siempre bajo toda la cinta: la locura del artista que sube a la cima del mundo desafiando a la ley y a la muerte movido únicamente por el afán de la belleza.





Este poeta, cuyo sueños seguramente hacen de la órbita lunar un alambre blanco, ve cierto día en un periódico la imagen de las futuras torres gemelas, y entonces, eclipsados por el descubrimiento, sus anteriores logros dejan de tener sentido, ya no importa que haya conseguido escribir un verso en lo alto de Notre Dame, porque para un verdadero artista su labor es ante todo búsqueda, una forma de superación continua que le lleva a plantearse siempre nuevos y mayores objetivos. Y del mismo modo que el equilibrista necesita para alcanzar su meta planear ciertas operaciones a modo de estrategia, el otro poeta, el de a pie, también despliega una serie de preparativos para alcanzar la consecución de su texto.

Presentarse en la puerta de las torres gemelas con un gran alambre colgado al hombro e intentar subir así, sin más, sería tan absurdo como imposible, amén de la muestra, por su parte, de una gran falta de profesionalidad. Necesita un plan de actuación y un grupo de amigos, tan locos como él, que le ayuden a diseñarlo y a llevarlo a cabo. Por eso el otro poeta, el de a pie, no puede enfrentarse solo a su tarea, así que organiza continuas reuniones, por lo general llenas de humo y café, en las que alrededor de la misma mesa se sientan los fantasmas de sus admirados escritores junto a todos los poetas que el mismo ha sido y que fue abandonando con el final de cada obra. Es necesario discutir, llegar al común acuerdo de los puntos estratégicos. Determinar que imagen es idónea para pasar desapercibido ante el guarda de la puerta es crucial, y, del mismo modo, la longitud de cada verso deberá responder a un cálculo preciso que evite que alguien dé la alarma al verlos subir por las escaleras. Han de ser movimientos certeros, no pueden transportar la idea atada con un vago lazo a las palabras, hay que sujetarlas firmemente, clavarlas si es preciso con la punta de una honda metáfora y tener siempre a mano un aliteración que llena de eses los haga subir en un suave y súbito silencio. Aunque no lo parezca, la espontaneidad suele ser sólo un efecto óptico, bajo cada caos late un cosmos igual que cada hipérbaton responde a un contundente sentido.

Nada debe estar relegado a la improvisación. Esta fue quizás la máxima del entonces joven Philippe, máxima a la que, dadas las circunstancias, no tuvo más remedio que desobedecer en algún momento de aquella histórica hazaña, cuando, por ejemplo, permanecieron ocultos bajo una lona a la espera de ver el terreno libre de cualquier peligro. Y es que hay que saber domar la urgencia que cabalga junto a todo momento creativo y hacer de la serenidad un arma productiva. Es por eso que el otro poeta, el de a pie, tiene que saber alejarse del texto en determinado momento, dejar que se enfríen y solidifiquen sus formas para enfrentarse luego a él desde un punto de vista que habrá ganado en objetividad. Pero el equilibrista terminará por salir de su escondite, el texto de su cajón, y todo continuará.

En la última planta, a la intemperie de la noche, el boceto ya ha dejado hace tiempo de serlo y se ha convertido en una obra que necesita ser rematada, pulida. Hay que llevar a cabo los últimos pasos del proceso, aquellos que necesitan un pulso seguro y afilado que debe mantener siempre una concentración dulcemente estresante. Poco a poco irá llegando el día con la niebla de las dudas, la desesperación producida por una flecha que no acaba de encontrar su destino, pero hay que persistir, hacer del arte un impulso vital que obliga a seguir siempre hacia delante, trabajo, trabajo y más trabajo para que Philippe, por fin, vea su alambre dispuesta entre las nubes y resistiendo al viento gracias a los acentos que la sujetan con fuerza a la vigas de cada torre.

Es entonces cuando el otro poeta, el que ya no es de a pie, en la torre opuesta a la de Philippe, comienza, a la par que éste, su camino hacia el centro del alambre, donde ambos se encontrarán para perderse en su desafiante equilibrio como el niño que inmerso en su juego es capaz de vencer a la muerte armado únicamente con su imaginación.

Y ante todo esto no podemos olvidar el último y crucial objetivo de tanta dedicación, el cual no es otro que el de conseguir que alguien, al amanecer, cierre tu libro y se vea a sí mismo andando por el cielo, junto a un poeta, entre las brumas de un nuevo día

16 de marzo de 2010


De mi primer viaje a París conservo  el gratificante recuerdo de las visitas que hice al café Le cercle, lugar de reunión de una serie de viejos poetas vanguardistas que insistían en su anacronismo como principal eslabón de la amistad que los unía, y gracias a la cual gastaban las tardes en interminables licores intercalados con la puesta en común de sus anécdotas, reflexiones y alguna que otra composición improvisada. Afortunadamente anoté varias de ellas:


- El absurdo del ser humano reside en su ambición, en su gula por sacar partido de forma conjunta a todos los recursos de los que dispone sin pararse a reflexionar sobre la rentabilidad de utilizar cada uno en su momento. Los ojos, por ejemplo. ¿Para que llevar los dos ojos abiertos a la vez? ¿No nos damos cuenta del beneficio que puede aportarnos el guiño? Si fuésemos por vida con un solo ojo abierto, cada vez que un problema se presentase ante nosotros sólo tendríamos que cambiar de ojo para que dicho problema se desplazase a un lado y nos dejase el camino libre.
                                                                         
                                                        Charles l'imberbe

- Hoy tus besos saben a cueva, dijo mi mujer, y se quedó dormida mientras yo me ponía la dentadura para responderle.
                                                          
                                                           Piere Logan
                                                          

- Ayer me llamó la muerte por teléfono

-¿Y tú que le dijiste?

- Que se había equivocado de número.
                                                         
                                                    Anthuan le mort
                                          
- Esta mañana no encontré ningún libro que llevarme a la cabeza, así que me puse frente al espejo con mi viejo bombím. Pero no tardé en quitármelo, hace tiempo que los sombreros  están pasados de tristeza.

                                                    Arthur le croac   
                                                      

- Cada vez que me desnudo ante mi mujer digo en voz alta: "la sangre son los hilos que tiran de la vida, y nadie tiene armas para luchar contra el tiempo que, antes o después,  acaba siempre por cortarlos". Así me siento justificado ante los ojos de ella, que suelen dedicar una mirada de tristeza a la que era su marioneta favorita.

                                                      Piere Logan
                                                         

- Perdone, ¿por qué le llaman a usted “el entendedor”?

- Porque la entelequia es mi único axioma.


                                                   Charles l'imberbe
                                                  
 -La memoria es un gato que juega con me cerebro, mojado ovillo de recuerdos.                                
                                                      
                                                  Tom le loquer

                                       

- Ayer volvió a llamarme la muerte por teléfono.

- ¿Sí?

-  Sí, se presento, pregunto mi nombre y en cuanto le respondí me dio una fecha, 14 de Julio

 - ¿Y tu que le dijiste?

- Que se comprara un calendario nuevo, el que tenía estaba averiado, ayer fue 6 de Marzo.

                                                      Anthuan le mort
                                                            

- …y al entrar me encontré con una gran mesa repleta de los más exquisitos manjares:

            Meló con jamó, Salmó ahumado, ebutidos ibéricos, pastel de almedras…

-¿Por qué se come usted las enes?
- Porque con tanta comida delante a uno le resulta difícil no picar aunque sea un poco…

                                                         Arthur le croac            
                                                              

- Después de la cena por mi cumpleaños, mi mujer destapó la botella del licor más fuerte que pudo encontrar. Haciendo uso de una dulce insistencia consiguió que bebiese casi la mitad y, cuando el alcohol me subió lo suficiente a la cabeza, tiró de mi hasta la habitación, dijo “ahora llega tu regalo”, y se desnudó…..siempre quise hacer un trío.

                                                              Piere Logan 
                                                             

- Tengo un sueño tan profundo que tuve que comprarme una escafandra para llegar hasta el subconsciente. El surrealismo es un deporte muy caro.
                                                            Charles l'imberbe
                                                        

- Cada vez que miro el firmamento pienso en el pobre Dios y su factura de la luz.

                                                                 Tom le loquer

- Aunque hace ya mucho que perdí el pelo, nunca dejaré de peinarme la calva, quizás un día encuentre, camuflada en el brillo, alguna idea reluciente.

                                                              Anthuan le mort
                                                            
- Mi más largo y preciado apéndice tiene la virtud de llegar antes que yo a los sitios, es como una brújula que recta me marca el norte, no puedo evitar verla siempre en dirección a todos mis objetivos…..en fin, es lo que tiene ser de nariz grande…
                                                               Charles l'imberbe
                                                            
- Igual que los chinos amasan el aire con su Tai Chí, yo he pasado todo el día pintándolo. Si no ven restos de pintura en mi traje es porque uso color transparente.

                                                                   Tom le loquer


- En realidad, mi sueño fue siempre dedicarme a las finanzas, pero los años hacen que uno abra los ojos y se baje por fin de las nubes.  Me di cuenta que de algo habría que comer, y me hice poeta.

                                                                  Arthur le croac

                                                                 
- Ayer fui yo quien telefoneó a la muerte

- ¿Y que le dijiste?

- Le pregunté si estaba bien, hacia mucho tiempo que no llamaba.
                                                            
                                                                    Anthuan le mort


 "Apuntes desde el aire" Diario de Hipólito el poeta

27 de febrero de 2010

20 de enero de 2010

6 de diciembre de 2009


Epílogo

El seis de diciembre de 2009, Montijo amaneció alarmado por el rumor que de boca en boca fue expandiendo la noticia de tener deambulando por sus calles al fantasma de Hipólito el poeta, hecho que la imaginería popular, haciendo uso de un ingenio inaudito, explicó con la invención de que había regresado del otro mundo para escribir el verso que solo puede escribirse una vez conocida la muerte.
           
Algún tiempo tardó en olvidarse un misterio que nunca dejó de serlo, y que durante varios meses convirtió a Hipólito en el personaje de ficción que quizás le hubieses gustado ser en vida, pues sí algo había cierto en aquello, es que Hipólito murió durante esos días, pero no la noche del cinco de diciembre, como en un principio pensaron todos  y, más que nadie,  su sobrina política.
           
A sus ochenta y tres años Hipólito se vio obligado a abandonar el que había sido el hogar de sus padres para instalarse con un sobrino que tuvo que batallar con él para convencerlo de que a su edad ya no era conveniente que estuviera sólo, y que con él y su familia tendría siempre un sitio. Hipólito supo siempre que esa era una verdad a medias, de la cual la parte de mentira la llevaba Encarna, mujer de éste y quien, desde un primer momento, mostró sutilmente su incomodidad ante un huésped tan inoportuno. Pero Hipólito, aun siendo consciente de ello, olvidó pronto las reticencias a dicha mudanza animado por el ambiente familiar de aquella casa donde la locura de tres niños que no superaban los diez años hacía que el silencio brillase por su ausencia, y llenaba la rutina del poeta de una vida desconocida hasta entonces para él.

No obstante, el tiempo en soledad hace de todo hombre un ser huraño y sus costumbres, a fuerza de repetirse, terminan por admitir el matiz de rituales inviolables. Se hacia difícil la convivencia con alguien que muchas noches se encerraba en su habitación escuchando tangos a todo volumen y bebiendo alguna botella que nadie jamás supo donde la escondía, pero que sin duda existía porque más de una vez salió de la habitación de madrugada y borracho, tirando a su paso todo lo que encontraba. Alguien a quien nunca se le podía importunar en sus momentos de lectura por miedo a su desagradable reacción, alguien que se enrabietaba violentamente en la mesa cuando en la televisión los políticos decían algo que no era de su agrado, o alguien incapaz de fingir y que dedicaba el poco amor que le quedaba a los niños y a su sobrino, mientras que para Encarna, quien cargaba todo el trabajo de su mantenimiento, dejaba una afilada ironía que acabó convirtiendo la incomodidad de ésta en algo muy parecido al odio.

Pero ambos sabían que aquella rivalidad no duraría demasiado, ya que Hipólito sintió de golpe todo el peso de su edad y entró en una  decadencia que en un año le fue quitando poco a poco la energía hasta el día en que se vio sin fuerzas para levantarse de la cama. Fue entonces cuando decidí visitarle.

Una niebla espesa inundaba la calle la noche en que Encarna abrió la puerta y se encontró conmigo. Hipólito esta dormido y muy cansado, es mejor que ahora no vea a nadie, respondió ante mi petición de entrar. Pero no pudo dejarme fuera cuando comprobó, tal como le insistí, que el poeta no estaba dormido, todo lo contrario, había despertado con una vitalidad como hace tiempo no tenía. Me senté a los pies de la cama mientras el médico, que ya había terminado su reconocimiento diario, recogía sus utensilios y nos advertía que podíamos estar tranquilos, pues por ahora se encontraba bastante estable.

Creo recordar que pasé cerca de una hora metido en aquella habitación, mecido por una conversación que hondeaba entre la literatura y la vida, o entre la ficción y la realidad, de la que Hipólito, entre risas, se jactaba ser un sabio desconocedor.

- Muy a mi pesar, caballero, tengo que marcharme- dije llegado el momento de irme, mientras me ponía el abrigo y sacaba de él un libro que le tendí justo antes de darle la mano – Como siempre, ha sido un auténtico placer.

- Muchas gracias por el libro, Don Antonio, no imagino a nadie mejor que al señor Unamuno para darme la extremaunción.

En el camino de vuelta fui revisando lentamente la vida de Hipólito, los desordenados capítulos que de él conocía, los versos que pude leer, toda una historia que continuó girando en mi cabeza durante  una noche en la que varias veces me asaltó también la pregunta de si realmente existe una muerte digna. No dormí prácticamente nada, ya que conseguí conciliar por fin el sueño cuando amanecía, pero pocas horas después me despertó una vecina que desde la calle, totalmente histérica, gritaba a los cuatro vientos que había visto el fantasma de Hipólito el del tabernero.

Para cuando la mujer logró recuperarse ya circulaba por todo el pueblo la noticia que a partir de los testimonios de otros vecinos, que también afirmaban haberlo visto, se fue exagerando y  transformando con gran rapidez en un cuento donde se hablaba de un Hipólito enorme y poderoso, vestido de negro y con una lista de personas que llevarse a las tinieblas, o un Hipólito malvado que en la punta de su bastón tenía la magia negra de la muerte.

Fueron cambiando las versiones del relato hasta que se impuso, con los meses,  la que, libre de adornos literarios, supuestamente se ajustaba con mayor precisión a los verdaderos hechos. Según ésta, la noche antes de las apariciones Hipólito recibió una extraña visita de alguien cuya identidad nunca se supo, una visita tras la cual el poeta quedó sumido en un profundo estado de relajación con el que pronto pudo quedarse dormido. Todo lo contrarió que Encarna, quien ,incomoda por sentir el hueco en la cama que dejaba la falta de su marido, de viaje por trabajo, no hacía otra cosa que intentar dormirse mientras se preguntaba quién podría ser el joven que hace unas horas había estado largo rato con Hipólito. Agobiada por el insomnio, decidió levantarse e ir a ver la tele, descubriendo en el camino al salón que de la habitación de Hipólito salía la luz de la lámpara, ella misma habría olvidado apagarla al salir de allí.

Desde la puerta vio claramente que Hipólito estaba muerto. Se acercó al cuerpo para cerciorarse y le cruzó los brazos sobre el pecho. Quince minutos después ya había salido de la habitación habiéndolo vestido con uno de los muchos trajes que había en su armario. Eran las cinco de la mañana y Encarna  llamó entonces a su marido y a algún familiar íntimo que le hiciese compañía hasta que comenzase propiamente el duelo.

En breve fue a abrir la puerta a su hermana, y juntas acondicionaron la casa para toda la gente que pronto iría llegando. Llamaron después al médico y al seguro que dio aviso a la funeraria, por lo que a las siete en punto el coche fúnebre aparcaba cargado con un ataúd que permanecería vacío durante mucho tiempo, porque cuando guiados por Encarna, lo llevaron a la habitación, encontraron vacía la cama donde debería estar Hipólito.

Sin embargo, en dicha versión de la historia, por puro desconocimiento, se omite la narración de lo sucedido una hora antes de la llegada del ataúd, momento en que las primeras luces del día entraron por la ventana despertando a Hipólito y descubriéndolo vestido con el que siempre había considerado uno de su mejores trajes, ante lo cual se levantó, cogió su bastón y su más elegante sombrero, y salió por la puerta para dar uno de esos paseos que tanto echaba de menos.

 Hipólito se sintió de nuevo con energías para salir a la calle mascando un verso, para andar sobre heptasílabos y endecasílabos, para llenar su camino con los acentos y las metáforas irónicas que le iban sugiriendo las miradas de pánico de los vecinos que se cruzaban con él y a los que, seguramente minutos antes, les habrían comunicado la muerte de este esa misma noche. Saludaba con grandes reverencias, jugaba con el bastón en un alegre estilo chaplinesco y alargó su paseo durante tantas horas que el pueblo entero, confuso, terminó por perderle la pista.

Realmente nadie supo nunca que fue de él, puesto que la mayoría de los vecinos, aunque admiten todo el resto de la historia como verdadero, se niegan a creer un final que cuenta como un pastor lo vio subir a lo más alto del monte y situarse en el borde de un despeñadero desde donde, con los brazos abiertos, se dejó caer hacia el abismo. Quizás tengan razón y esto, como tantas otras cosas, sea solo el fruto de la imaginería popular, porque alguien, pasado el tiempo y movido por la curiosidad, se acercó allí un día en busca de los restos del poeta, pero no encontró nada, ni rastro del cuerpo, tan sólo dio con un  pequeño diario en cuya portada podía leerse: “Apuntes desde el aire”.

15 de noviembre de 2009

Varios días después del funeral de Matilde Suárez, su hija Irene pensó que ya no tenía sentido permanecer más tiempo en la casa que durante dos largos años había visto marchitarse tristemente a su madre, por lo que decidió coger las cosas necesarias para estar unos meses fuera, en algún lugar lejano donde poco a poco se fuese desgastando el aterrador recuerdo de esos último momentos de agonía.

Llevó a cabo los escasos preparativos del viaje con toda la rapidez que pudo sin otro fin que dar por terminado cuanto antes aquel episodio; hizo varias llamadas para comprar billetes y avisar a amigos y familiares de sus planes, y llenó una enorme maleta con todo tipo de ropa, ya que no tenía muy claro cual era su verdadero destino.

No soportaba estar entre aquellas paredes, pero antes de salir por la puerta, en un acto de despedida, no pudo evitar entrar en la habitación de su madre, donde hubiese encontrado todo igual que siempre si no hubiese sido por una pequeña mesa plegable, con su respectiva silla, puesta debajo de la ventana. No recordaba haber visto nunca esa mesa, en cambio si recordaba el sobre amarillento sin abrir que estaba encima de ella, la carta que su madre había recibido la semana anterior, justamente el mismo día en que sufrió el derrame que acabaría con ella. Un tal Hipólito aparecía en el remite, y vencida por la curiosidad, tomo asiento en el lugar que su madre había dispuesto para hacer lo que le impidió la muerte, pero que ella sí llevaría a cabo abriendo el sobre y leyendo el único folio que había en su interior:


                                                                       15 Noviembre 2009


Ay Matilde, ahora que tu cuerpo es ya un oleaje blando de pieles vencidas, atraviesas la calle y todos los años para tirar de mi brazo y exigirme, senil, el amor que te prometí un día. Ahora que nada tiene sentido, justamente ahora, me pides que te escriba.

He intentado buscar esta mañana, cuando me asaltaste desvalida y loca, a la joven Matilde de la que nada había ya en esos ojos de anciana que intenta sobrevivir, totalmente desorientada, en la antesala de su muerte. Tu ropa ya no tenía esa ligereza que te marcaba las piernas cuando el viento soplaba por los campos adonde huíamos para sacar partido a nuestros cuerpos de veinte años, el pelo, largo y castaño en otros días, era ahora nieve escasa y triste, y tu cara, tu gesto desquiciado, no puede ser aquel que blanco y liso aparece en la pequeña fotografía que de ti conservo.

No, no tienes derecho a abordarme, justo enfrente de tu casa, y agarrarte a mí como un naufrago que no suelta los pedazos que flotan después del desastre, no, por favor, no me pidas que te escriba. Porque sólo podría hablarte del olor a rancio que desprendes, de los dedos que se clavan como garras en el brazo, o de lo innoble que puede llegar a ser la muerte, empeñada en robarnos lentamente la dignidad y hacer de nosotros seres indefensos y babeantes. Y es que, a pesar de que el tiempo ha pasado como un huracán sobre este pueblo del diablo, nunca ha conseguido separar de mí esa joven imagen tuya que me acompañaba en tantas noches, pues aunque tú no lo sepas, yo te inventaba conmigo, vivíamos juntos en los paisajes de la ficción donde nunca envejecías ni me negabas, aunque fuera dieses tu vida a otro que jamás se hubiese entregado como yo, que me hubiese dejado morir hasta llegar a esa locura con tal de estar contigo. No, Matilde, no me merezco esto ahora, ahora que por fin he aprendido a sobrevivir en la palabra no puedes obligarme a bajar al mundo y verte así, derrotada, la desdentada viuda de Javier Hernández, a la que los recuerdos se le clavan como puñaladas de un pasado mejor.

Tendría que haberte dicho todo esto mientras te observaba aterrado, y en realidad lo intenté, luché por dejar mi cobardía a un lado y cuando estaba por fin decidido, cuando articulaba la primera sílaba de esta confesión, ha salido tu hija y, pidiéndome disculpas, te ha llevado de nuevo a casa.

Y en la vuelta a la habitación desde la que ahora escribo, he sentido otra vez esa soledad olvidada, porque tu imagen de veinte años se ha marchado, creo que para siempre, y por más que busco sólo encuentro un vacío del que brota el olor a rancio del viejo que yo también soy. Quizás deba odiarte por quitarme otra vez la vida, o quizás deba asumir de una vez por todas que el final me aterra, que yo también necesito una mano real a la que agarrarme. Sin embargo no, nunca volveré a escribirte desde el amor, pero si puedo amarte desde la mentira de tu mente rota, que no existe más verdad que aquella que cada uno imagina para sobrevivir, mi querida Matilde, aquí me tienes, loco también por el miedo y dispuesto ya a morir contigo, aunque nunca nadie nos recuerde juntos cuando se estén pudriendo nuestros cuerpos.

Siempre tuyo, Hipólito

“Apuntes desde el aire.” Diario de Hipólito el poeta.

2 de noviembre de 2009

Cuando has dedicado gran parte de tus años a recibir la educación que ha de darte la formación necesaria para intentar sobrevivir en un futuro, las distintas aulas por las que has ido pasando se presentan un día en la memoria como el conjunto de paisajes que laten en el fondo de algunas de la más importantes etapas de tu vida. Etapas entre las que se encuentra aquella que contiene los maravillosos momentos a partir de los que vas cayendo, inevitablemente, en este eterno amor a la palabra.


Porque la campana que indicaba el inicio de la clase sonaba como la primera sílaba de un verbo elástico que, impulsado por el profesor, flotaba primero entre las cabezas de tus compañeros aun medio dormidos, que cogía peso horas después para caer a los pupitres donde a lápiz se escribían conversaciones fugaces, y que al final se volvía tímido y tembloroso al hablar con la primera mujer de tu historia. Mi recuerdo está hecho de palabras, y parte del pasado es un enorme rascacielos levantado sobre tiernos abecedarios, por cuyos pisos se reparten mesas verdes con mis amigos hechos niño, corriendo por esa gran torre de babel donde el tiempo pierde toda su linealidad.

Me gusta pasear por allí, como un viejo turista que observa las historias que yo mismo protagonizo una y otra vez y que, realmente, reescribo cada vez que las recuerdo. Suelo ir de aula en aula buscándome, y me siento justo a mi lado para leer lo que quizás aun no pasaba al papel, pero que sí estaba ya en esta cabeza acostumbrada desde joven a los más altos vuelos.

Es un edificio tan amplio que muchas de sus estancias están casi siempre sin luz, difuminadas, pero otras, en cambio, tienen un enorme sol en sus ventanas que hace perceptible hasta el más mínimo detalle. Como aquella en la que me levanto de la silla, a petición de don Andrés, y recito de la mejor forma que nunca recitaré el romance de Rey Don Sancho, Rey Don Sancho, no digas que no te aviso, que de dentro de Zamora un alevoso a salido……Y termino, y me siento tras la felicitación del profesor y la música del octosílabo hace que deje allí a aquel niño, aun sin gafas, y me vaya mecido hasta otra clase donde todos miramos a D. José Antonio intrigados por la leyenda que nos está contando, Miserere mei domini. Son estos dos capítulos por los que siempre paso.

La mágica arquitectura del lugar permite que las distintas habitaciones estén comunicadas por puertas que rompen las distancias temporales. Así, puedo estar viéndome hacer una división en el encerado y pasar a la clase contigua para entrar directamente a la facultad, al día en que una desconocida muchacha rubia se giró hacia mi para pedirme apuntes. No me importa, cuando asisto a esta escena, ver con total claridad el gesto de odio que pone al escuchar mi negativa, porque sé que será ella, tiempo después, la primera persona capaz de hacer que yo, totalmente obsesionado ya, le recite mis versos en esa intimidad que se alargo por varios años.

Lo cierto es que la poesía flota en el ambiente de este sitio. De hecho, es muy normal encontrarme, al andar por allí, con dos jóvenes poetas aun imberbes que se acercan a mi y me preguntan si he sentido ya mis primeros vértigos al observar el cielo nocturno, o si no he escuchado nunca los pájaros encerrados en las tuberías. Acostumbro entonces a pedirles que me acompañen y en el camino les voy explicando el porqué de tantos mensajes escritos en las paredes, quienes son sus culpables, hablamos y hablamos hasta que alguno de ellos señala que es hora de marcharse, no sin antes despedirse dejándome la mano llena de tinta.

Qué sería de mi recuerdo sin la palabra, sin ese arma cargada de futuro que nunca he dudado en utilizar, pues todos los cuerpos por los que fui pasando se mueven en aquellas habitaciones siempre preparados, bolígrafo en mano, para escribir y escribir; escribir en mesas, en libretas, en libros o en el mismo aire, como lo hacía cuando redactaba un hilo que iba desde mi asiento hasta la espalda de la eterna adolescente que delante, al otro lado de todas las clases, estudia ajena al mundo con sus gafas de ojos tristes.

Afortunadamente siempre quedan testimonios físicos que sujetan con firmeza las estructuras de este edificio a la realidad, puesto que uno se acostumbra desde el principio a guardar todo papel que cree importante y lo va acumulando en una vieja carpeta archivadora que se va hinchando, preñada de vida, con el paso de los años. Pero es necesario desengañarse, un simple objeto nunca podrá dar cabida a tanta historia y sus fuerzas irán cediendo hasta que, tal como me ocurrió esta mañana, sientas una explosión el desván que te haga correr asustado hasta él para comprobar como la carpeta ha quedado hecha pedazos y el suelo, en un cine de papel, reproduce uno a uno tus mejores momentos.

"Apuntes desde el aire" Diario de Hipólito el Poeta

19 de octubre de 2009

Encontrado entre las sábanas
el día de su muerte

















"Apuntes desde el aire" Diario de Hipólito el poeta

11 de octubre de 2009

Nunca he podido evitarlo. Cada año, en un golpe de viento, mayo me lleva los ojos y el deseo hacia esas mujeres, jóvenes en su mayoría, que comienzan a descubrir sutilmente sus cuerpos, lugar donde me demoro de la misma forma que lo hacen las primeras luces del verano, aquellas que le aportan un barniz cuyo brillo acaba guardando, sin duda, un poder hipnótico. Así anda mi lívido por esas fechas, perdida en el aire como un polen maldito, deslizándose por hombros desnudos o enroscada en las piernas que van de aquí a allá moviendo una belleza de apariencia jugosa, de piel fina y frágil capaz de quebrarse, seguro, al mínimo roce de un diente que haría brotar de ella hilos líquidos de puro azúcar.


Con el tiempo, uno consigue desechar la frustración que llega al saberlas inaccesibles, y se limita a observarlas con tranquilidad en ese vivo museo que pueden llegar a ser las calles. Son muchos los lugares propicios para esto, pero suelen existir determinados puntos en todas las ciudades donde el tráfico de transeúntes es constante y mayor, con lo que aumenta la posibilidad de enamorarse varias veces al día de la forma más placentera posible, imaginando que una de ellas se gira de repente, camina hacia ti, y te ofrece su mano para llevarte hacia algún lugar perdido en el horizonte donde lentamente, como si de ropa se tratara, va a quitarte, uno a uno, los años de encima. Por su ubicación en el centro, la rambla ofrece en sus bancos localizaciones perfectas para este cometido, prueba de ello es que a todas horas se arremolinan en ella bandadas de jubilados que parecen esperar la muerte dándose un último festín a los ojos. Sin embargo, este amor a la contemplación femenina no es una cuestión de edad, sino de tiempo libre, pues más de una vez han coincidido allí distintas generaciones, orientados todos hacia el mismo lugar de la misma forma que en un cine de verano, unos liándose cigarros constantemente y otros apurando bolsas de frutos secos y dulzainas que compran justo en el kiosco de enfrente. Es un lugar perfecto.

El funcionamiento de esta contemplación, aunque parezca lo contrario, es silencioso y totalmente individualizado, por cuestiones de elegancia y discreción queda prohibido avisar a aquellos que, demasiado concentrados en la charla, pierden las grandes oportunidades. Pero justamente ayer estuve allí, y sobre las ocho de la tarde, cuando la discusiones andaban entre guerras perdidas y tiempos difíciles, nadie anduvo por las nubes, porque una mano divina abrió el mar de gente que por la zona deambulaba y fue girándonos suavemente a todos la cabeza para que disfrutásemos con la muchacha de piernas interminables que andaba rambla abajo. A pesar de cataratas y miradas cansadas, ninguno dejó de seguir durante un solo instante sus pasos hasta que fue perdiéndose de nuevo entre la gente, momento justo en el que Don David Mesa, el mayor de todos, se puso de pie, se ajustó la corbata al cuello de su eterna e impoluta camisa blanca, agarró con fuerza ese bastón que tanto me gustaba y, haciéndonos una leve reverencia de despedida con la los dedos sujetando el ala de su sombrero, marchó también hacia abajo.

 A distintas velocidades y movidos por una gran curiosidad, todos nos levantamos para ver como poco a poco Don David iba acelerando sus pasos hasta llegar a la altura de la muchacha, quien se giró a la llamada de éste y extendió la mano para coger el papel que él le ofrecía. Después de despedirse, de nuevo con un gentil saludo, sabiéndose observado por nosotros, emprendió la vuelta sin utilizar el bastón, pasándoselo de una mano a otra como si fuese un objeto ya totalmente ajeno a él, innecesario. Y puesto que, tal como ya he apuntado, existe allí un pacto callado donde la cortesía es inviolable, cuando llegó al banco se limitó a liarse un cigarrillo y a recuperar la conversación que minutos antes había sido interrumpida.

La noche fue llegando lenta, con la misma tranquilidad que cada uno se tomaba para despedirse hasta la tarde siguiente y tomar dirección a sus respectivas casas. Así, desde las alturas el reloj de la iglesia marcó la diez y media cuando quedé solo en el banco junto a D.David. Quizás, en otra situación, el silencio que se interpuso entre nosotros me hubiese resultado incomodo, pero ese día estaba claro que cualquier palabra era inútil, pues Don David en realidad no estaba allí, sentado en la rambla de Montijo, D. David se hallaba en mitad de algún vuelo por lugares que únicamente él conocía, y del que sólo quiso bajar cuando delante de nosotros, y salida esta vez de la nada, se paró la muchacha de piernas interminables. Activados por un antiguo resorte, ambos nos levantamos al unísono en señal de bienvenida y la invitamos a sentarse, algo que ella hizo muy gustosa mientras D. David se dirigió hacia mí tendiéndome el bastón:
                          -Tome, joven, es un regalo, sé que le gusta. Pero ahora, espero que no le importe dejarnos solos...

El hombre avanza por la vida a través de una serie de rituales o actos significativos que van indicando el paso por distintas etapas, y quizás llevar bastón sea asumir que uno se encuentra en el principio de la caída, en el triste intento de rebelarse contra lo irremediable. Sin embargo, mientras observo su empuñadura plateada y admito que mis piernas ya van exigiendo cierta ayuda, no pienso en él como un trasto de la muerte, sino como el objeto que ha de sostener la esperanza de que algún día, no sé como, yo también deje de necesitarlo.

“Apuntes desde el aire” Diario de Hipólito el poeta.


30 de septiembre de 2009

“Al salir de casa no existían indicios de la lluvia que una hora después le sorprendería en una de las más mágicas calles de la ciudad, conocida por reunir, en sus escasos cincuenta metros, a todo un sinfín de anticuarios y tiendas exóticas. A pesar de que el agua cayó con fuerza desde un primer momento, confió en que se trataría de algo pasajero y decidió esperar dentro cualquier tienda. Así que sin siquiera mirar rótulos o escaparates, entró en lo que se le descubrió como una encantadora y sucia ruina de la biblioteca de Babel, pues por sus altas estanterías se multiplicaban libros desordenados, de distintos tamaños, polvorientos, y en el centro de la sala una gran lámpara de araña lo impregnaba todo de un misterio que aumentó aun más cuando el dependiente, salido de las sombras, se paró frente a él. Se trataba de un anciano de larga barba blanca, con anacrónicos quevedos y manco de una mano, algo en lo que no pudo evitar fijarse mientras aquel hombre le ofrecía leer cualquiera de los libros que encontrase por allí, eso sí, no sin abonar antes el precio de la taza de café que era obligatoria consumir si quería permanecer en su establecimiento, la librería “Fícpolis”.

Con la taza en la mano hizo un amplio recorrido por allí y le llamó la atención un pequeño libro blanco que destacaba en medio de una estante lleno de encuadernaciones oscuras, fue a por él, lo abrió por la mitad y leyó “porque la imaginación guarda monstruos/ a los que el olvido/ nunca podrá llegar”, unos versos que lo agarraron de tal forma que se vio obligado a saborear, junto al esplendido café, cada uno de los poemas que contenían aquellas páginas.

Cuando al fin terminó, buscó en las pastas del libro el nombre del poeta, y entonces, a mil kilómetros de aquí, parado en medio de una extravagante biblioteca, aquel hombre deseó, sobre todas las cosas, cruzarse algún día con ese tal Hipólito para  poder darle  las gracias.”

     - Afortunadamente, hace años que ese sueño no se repite.

"Apuntes desde el aire" - Diario de Hipólito el poeta.
HABITACIÓN ANÓNIMA

Sobre unas sábanas viejas
en una habitación en ruinas
donde sólo se escuchan
pasos perdidos
y una televisión lejana
dejas que esta noche
te duerman por fin las carreteras.

Pero a pesar del cansancio
la llama no se extingue
permanece suave en las esquinas
pues sabes que puedo amarte
incluso desde aquí,
no tener en cuenta las distancia
entre tu cuerpo y la ventana
en la que fumo y se enciende
como la esperanza en medio de la nada.

Doy así la espalda al mundo:
intuyo los soles de arena oscura
que arden bajo tu blusa
o esa mutua caricia de tus muslos
donde surge un corazón negro
que palpita y derrama su luz
en la cama de esta pensión,
triste como el escritor solitario
que tu imaginación asegura
ha dormido en ella.

Lo sé, el camino es largo.
Pero hoy basta de carreteras
que tenemos ya los ojos
cubiertos por el asfalto
de esta vida empeñada
en labrar nuestras palmas
con la tierra gris,
ceniza de los días.

Deja a un lado el sueño
porque también sé
que hoy los cuerpos nos llaman al placer
y el sentido de todo
está quizá en ellos
en ese sonido triste
que hacen al amarse.

Mañana volveremos al viaje.

Ahora sacúdete las sábanas
y déjame entrar a tu corazón
con un profundo latido
déjame llegar a la memoria
y a través de ella
floreceré en tu pecho si algún día
el cansancio te queda
tan pálida y triste
como esta pensión.

(Fícpolis)

22 de septiembre de 2009

NO EXISTE LA POESÍA, SÓLO LOS OJOS DEL POETA

En las madrugas, el verano solía entrar por la ventana cargado con el olor a pan recién hecho, y lo hacía despacio, meciendo suavemente las cortinas o tirando, alguna que otra vez, los papeles que había estado revisando repetidamente en el escritorio. La noche en que descubrí que, al contrario de lo que parecía, la panadería de enfrente continuaba activa, creí que tardaría mucho tiempo en marcharme de aquel piso viejo y diminuto al que el invierno castigaba con enormes manchas de humedad repartidas por los techos de las habitaciones. Pero a esta conclusión no llegué de repente, el lugar fue seduciéndome poco a poco, se fue conformando despacio un paisaje amoldado a mi, o al mundo que yo necesitaba para levantarme cada mañana y sentarme a escribir.

Las golondrinas son un buen ejemplo de ello. Desperté cierta tarde asustado por el vuelo de dos golondrinas que, por arte de magia, habían llegado hasta el salón, donde parecían haberse quedado encerradas en su particular torbellino, porque se movían por allí en círculos violentos, a toda velocidad, golpeándose contra lo que encontraban a su paso y dejándolo todo en una especie de caos que tardé al menos una hora en recomponer una vez conseguí que se fuesen. Hubiese quedado esto como una graciosa anécdota si no fuese porque cogieron la costumbre de interrumpir, al menos una vez por semana, mi siesta para repetir aquel maldito estruendo donde yo, blasfemando cepillo en mano, intentaba echarlas mientras ellas parecían burlarse con piruetas y espirales en el aire. Llegó incluso a convertirse en algo rutinario, y si una semana se demoraban, yo la pasaba entera sin poder conciliar el sueño durante la tarde, pues sabía perfectamente que la tranquilidad no dejaba de ser un estado de alerta hasta que ellas llegasen y se fuesen después dejando mis libros y mi dignidad por los suelos. Un domingo, tumbado sin hacer nada, caí en la cuenta de que aquella semana aun no había tenido la mala suerte de disfrutar su visita, así que decidí esperarlas preparado. En realidad nunca supe por donde entraban, con lo que la única opción era recibirlas ya cepillo en alto, y fue entonces, al salir a por él, cuando las descubrí posadas en el cordel del patio. Hubiese jurado que me estaban esperando, inmóviles, con los ojos puestos en mi mientras a su alrededor la ropa hondeaba al viento como banderas. Después de cinco minutos paralizado frente a ellas decidí volver al salón, y fue el tiempo el que me llevó a la conclusión de que aquello fue un acuerdo de paz, un declaración de amistad comprobable en el hecho de que nunca más volvieron a entrar, sino que se convirtieron en las peculiares compañeras que observaban, siempre desde el mismo lugar, mis idas y venidas a la cocina. A veces, mientras escribía, creía escuchar de fondo, bajo el claqueteo de la máquina de escribir, sus voces agudas comentando entre risas lo disparatado de mis palabras. Por mucho que intentase convencerme de lo absurdo de la cuestión, siempre que esto ocurría la papelera acababa rebosando de folios a medias.

Mi vieja máquina de escribir también jugó allí un papel importante. No es por ser yo fetichista que escribía con ella, existía una razón mucho más prosaica y sencilla, y es que mi ordenador decidió un día, sin previo aviso, que ya estaba harto de vivir y se apagó para no volver a encenderse nunca, dejándome a mitad de una historia que ya ni recuerdo, pero que andará seguramente deambulando por aquel disco duro esperando a ser acabada. Como mi situación económica pasaba por apuros en aquellos momentos, opté por prescindir de él y utilizar una vieja máquina que hacía unos años había comprado en un rastro con afán puramente decorativo. Era grande, pesada y verde. Le faltaban dos teclas, la A y la N, y su sonido era el de un enorme bailarín de claque que dejaba caer todo su peso en cada paso sobre el parqué. Conseguí como pude dos pedazos de plástico que sustituyeron a las letras perdidas y comencé a darle trabajo. Recuerdo que en los primeros días acababa con las manos destrozadas, porque para que la varilla metálica tocase el papel había que hundir la tecla, y por lo tanto el dedo, en un profundidad abismal que reducía a la mitad mi velocidad de escritura. Pero poco a poco, y al igual que ocurrió con las golondrinas, nos fuimos acostumbrando el uno al otro. De esta forma fue que los días y las noches, sobre todo las noches, se llenaron en aquel piso de martillazos cada vez más rápidos, cada vez más rítmicos, dando lugar a una canción repetitiva y horrorosa para toda persona que no fuese yo, pero supongo que mucho más para la señora Julia, mi vecina de abajo.

Cada mes aproximadamente echaba Doña Julia sus ochenta años escaleras arriba y tocaba mi puerta para entretenerse y martirizarme con el sermón que comenzaba con una exclamación sobre ese diabólico ruido que no la dejaba dormir y acababa, tras muchas curvas intermedias, en un profundo análisis sobre la juventud de entonces, la cual era mas vaga, irrespetuosa e irresponsable que la suya, llena de un sinfín de virtudes que la ayudaron a superar los complicados tiempos que a ella le tocó vivir. Llegué a pensar que planeaba esos encuentros, que me guardaba un sitio en su agenda, y la imaginaba en la mediodía previa avisando al marido, Don Javier, de que no contase aquella tarde con ella, porque teniendo en cuenta que dedicaba una hora a subir y bajar los veintidós escalones, y otra a repetirme el eterno discurso, no creo que le quedasen fuerza y ganas para hacer algo más en lo que quedaba de día. Además, cuando la veía bajar en cámara lenta y dolorosa, me asaltaba la pequeña duda de si realmente mi máquina le molestaba, porque si alguna vez tenía la osadía de hacer una réplica a sus rotundas afirmaciones, ponía un gesto de extrañamiento y se inclinaba hacia mí acercándome una oreja en la que un pendiente tiraba de toda su piel hacia el suelo, algo que me quedaba mudo de espanto, aunque después ella, para disimular su sordera, asintiese como si hubiese escuchado algo. A pesar de todo, sentía hacia aquella señora cierta simpatía y una curiosidad que se convirtió en incertidumbre la misma noche en que me asaltó, justo en su puerta, y dirigiéndome una mirada amenazadora me dijo que no debería salir sin revisar antes lo que acababa de escribir.

Suena extraño, pero amén de otros muchos detalles menos importantes, así vivía aquellos años en el nº 45, lanzando mi imaginación contra una máquina de escribir que, a pesar de ser corpulenta, la mayoría de las veces no conseguía asimilar mis golpes y los hacia salir despedidos contra todas las paredes, deformándolo todo al antojo de mi mente. Quizás ese paisaje transformado fue el que, en cierto, te llevó hasta mi, porque un viernes noche el viento debió entrar demasiado violento por la ventana y todos mis papeles amanecieron repartidos por el suelo, y dando forma, según pude observar, a una especie de camino que conducía hacia la puerta. Nada más despertar y poner los pies en el suelo, fui recogiendo los folios uno a uno hasta llegar a la puerta, donde, mientras recogía el último, pude escuchar la voz de una mujer joven que hablando por teléfono se alejaba escaleras abajo y me sentí al borde del precipicio. ¿Buscabas algo?- dije después de abrir la puerta movido por un instinto del que me he valido pocas veces en mi vida. No, gracias, es que me habían dado una dirección equivocada,- fue tu respuesta desde abajo. Pero no te vayas, sube, quizás pueda ayudarte…y sí, subiste para entrar, como una tormenta de verano, al lugar donde empezaron a crecer violetas por las sabanas que en breve tu sexo mojaría. Y en cuanto cruzaste la puerta, aparecieron las nuevas banderas de tu ropa en todos los cordeles,  sin pretenderlo te autoproclamaste como dueña alabada e indiscutible de mí y todo cuanto me rodeaba.

Nada tardé en acostumbrarme a ti, a comidas y cenas compartidas, al amor improvisado por cada rincón al compás de una música que sonaba escondida desde algún lugar que en un principio no me propuse averiguar. Pero algo o alguien estaba empeñado en desvelarme el secreto, y una noche, estando tú dormida en el sofá, escuché un alboroto en el minúsculo cuarto de dos metros cuadrados que utilizábamos de trastero. Me acerqué sigilosamente y abrí la puerta para descubrir a un cuarteto de jazz, que al parecer y no sé como, hacia vida allí dentro. Ajenos a mi presencia, continuaron con su tarea, el baterista comía apoyando el plato sobre la caja, el trompetista sacaba brillo al dorado de su instrumento, el pianista leía y fumaba a la vez que posaba suavemente los dedos sobre las teclas, y el ruido que me había llevado hasta allí lo hacía el músico restante, quien intentaba, sin mucho éxito, poner el contrabajo de forma que pudiese atrapar su propio cuerpo entre él y la pared para quedar suspendido y dormir, o supuse yo. Finalmente me vio el trompetista, carraspeo haciendo que sus compañeros supiesen que yo estaba allí, y sin dar ningún tipo de explicación, algo que no hubiese venido mal teniendo en cuenta la cara con la debería estar mirándolos, comenzaron a tocar una canción que reconocí al momento, con lo que no quedó otro remedio que dejar la puerta abierta e ir corriendo a despertarte para que I fall in love Too easily marcase el ritmo de nuestra huida a la cama.

Eso trajiste a mi casa, el jazz, la libertad echa música que hacia olvidar la torpeza con la que sonaban mis textos, el tiempo sencillo y perfecto que, en realidad, pasaba dulce y ajeno a ese futuro al que nunca llegaríamos juntos, porque un día, sin previo aviso, todo quedó en silencio. Despareciste y descubrí que no existe la poesía, tan solo los ojos del poeta, pues el invierno llegó de repente e hizo de aquel piso un lugar inundado por excrementos de golondrinas y esa humedad que apareció esta vez aun más negra en las paredes, oxidando mi vieja máquina de escribir. Y el frío, además de congelar todo tu rastro, quitó el pan de mis noches, ya que evidentemente me vi obligado a cerrar las ventanas, lo cual no impidió que pudiese oler el tufo a muerte y soledad que llegaba desde abajo, donde Don Javier pasaba las horas echando de menos a su querida Julia, quien ya no tuvo fuerzas para sobrevivir a un invierno tan duro como ese.


"Apuntes desde el aire". Diario de Hipólito el Poeta.

18 de septiembre de 2009

NEVER DIES


La noche se abalanza sobre los tejados
en una manada de gatos hambrientos
y en el edificio más alto de la ciudad
él acecha y espera
al cuerpo que le de
la roja fuerza de la vida.

Han dado ya las doce
y siento desde aquí
como sus relojes suenan acompasados
borrando los espejos donde
sombras y muertos juegan
a recordarle su soledad.

Es la condena del amor.
una obligada supervivencia al tiempo
buscando la misma imagen
en todas las fotografías

es el pasado de mis noches.
Sí, yo también he sido un condenado
también llegué a perseguirte
con sus ojos extendidos en el cielo

Míralo reptar por las paredes
seguir el rastro engalanado
de tu olor por la eternidad.

Han dado las doce
tengo que correr
porque la imaginación guarda monstruos
a los que el olvido
nunca podrá llegar.
Es la hora, el cielo
suena por sus ojos de campana
me contempla mientras siento
como lentamente
los lobos me rodean.

(Fícpolis)
 
 
 

17 de septiembre de 2009

FOTOGRAMAS


Porque en este lunes cansado
mientras exploro la radio de madrugada,
el olvido me desnuda cara al techo
tengo la sensación de haberte soñado,
de poseerte
en mil fotogramas deshilados.

Y la ciudad orilla en tu balcón,
y su horizonte, con manos de Dalí
llega hasta aquí,
perfilando hacia mis ojos
tu figura rubia de muchacha en la ventana.

Porque el amanecer
que suele descubrirme derrotado entre ruinas
evidencia tu rastro y mi soledad,
siento que tu cuerpo en mi memoria
como en una liturgia de serpientes,
abandona su piel al tiempo,
el abrigo seco del recuerdo.

Y porque esta ciudad ya es sólo eso,
tu recuerdo empedrado
construido calle a calle,
levantado en cada sueño.

(Fícpolis)
Y son nuestros poemas

del todo imaginarios
—demasiado inexpertos
ni siquiera plagiamos—

                 J.Gil de Biedma