15 de noviembre de 2009

Varios días después del funeral de Matilde Suárez, su hija Irene pensó que ya no tenía sentido permanecer más tiempo en la casa que durante dos largos años había visto marchitarse tristemente a su madre, por lo que decidió coger las cosas necesarias para estar unos meses fuera, en algún lugar lejano donde poco a poco se fuese desgastando el aterrador recuerdo de esos último momentos de agonía.

Llevó a cabo los escasos preparativos del viaje con toda la rapidez que pudo sin otro fin que dar por terminado cuanto antes aquel episodio; hizo varias llamadas para comprar billetes y avisar a amigos y familiares de sus planes, y llenó una enorme maleta con todo tipo de ropa, ya que no tenía muy claro cual era su verdadero destino.

No soportaba estar entre aquellas paredes, pero antes de salir por la puerta, en un acto de despedida, no pudo evitar entrar en la habitación de su madre, donde hubiese encontrado todo igual que siempre si no hubiese sido por una pequeña mesa plegable, con su respectiva silla, puesta debajo de la ventana. No recordaba haber visto nunca esa mesa, en cambio si recordaba el sobre amarillento sin abrir que estaba encima de ella, la carta que su madre había recibido la semana anterior, justamente el mismo día en que sufrió el derrame que acabaría con ella. Un tal Hipólito aparecía en el remite, y vencida por la curiosidad, tomo asiento en el lugar que su madre había dispuesto para hacer lo que le impidió la muerte, pero que ella sí llevaría a cabo abriendo el sobre y leyendo el único folio que había en su interior:


                                                                       15 Noviembre 2009


Ay Matilde, ahora que tu cuerpo es ya un oleaje blando de pieles vencidas, atraviesas la calle y todos los años para tirar de mi brazo y exigirme, senil, el amor que te prometí un día. Ahora que nada tiene sentido, justamente ahora, me pides que te escriba.

He intentado buscar esta mañana, cuando me asaltaste desvalida y loca, a la joven Matilde de la que nada había ya en esos ojos de anciana que intenta sobrevivir, totalmente desorientada, en la antesala de su muerte. Tu ropa ya no tenía esa ligereza que te marcaba las piernas cuando el viento soplaba por los campos adonde huíamos para sacar partido a nuestros cuerpos de veinte años, el pelo, largo y castaño en otros días, era ahora nieve escasa y triste, y tu cara, tu gesto desquiciado, no puede ser aquel que blanco y liso aparece en la pequeña fotografía que de ti conservo.

No, no tienes derecho a abordarme, justo enfrente de tu casa, y agarrarte a mí como un naufrago que no suelta los pedazos que flotan después del desastre, no, por favor, no me pidas que te escriba. Porque sólo podría hablarte del olor a rancio que desprendes, de los dedos que se clavan como garras en el brazo, o de lo innoble que puede llegar a ser la muerte, empeñada en robarnos lentamente la dignidad y hacer de nosotros seres indefensos y babeantes. Y es que, a pesar de que el tiempo ha pasado como un huracán sobre este pueblo del diablo, nunca ha conseguido separar de mí esa joven imagen tuya que me acompañaba en tantas noches, pues aunque tú no lo sepas, yo te inventaba conmigo, vivíamos juntos en los paisajes de la ficción donde nunca envejecías ni me negabas, aunque fuera dieses tu vida a otro que jamás se hubiese entregado como yo, que me hubiese dejado morir hasta llegar a esa locura con tal de estar contigo. No, Matilde, no me merezco esto ahora, ahora que por fin he aprendido a sobrevivir en la palabra no puedes obligarme a bajar al mundo y verte así, derrotada, la desdentada viuda de Javier Hernández, a la que los recuerdos se le clavan como puñaladas de un pasado mejor.

Tendría que haberte dicho todo esto mientras te observaba aterrado, y en realidad lo intenté, luché por dejar mi cobardía a un lado y cuando estaba por fin decidido, cuando articulaba la primera sílaba de esta confesión, ha salido tu hija y, pidiéndome disculpas, te ha llevado de nuevo a casa.

Y en la vuelta a la habitación desde la que ahora escribo, he sentido otra vez esa soledad olvidada, porque tu imagen de veinte años se ha marchado, creo que para siempre, y por más que busco sólo encuentro un vacío del que brota el olor a rancio del viejo que yo también soy. Quizás deba odiarte por quitarme otra vez la vida, o quizás deba asumir de una vez por todas que el final me aterra, que yo también necesito una mano real a la que agarrarme. Sin embargo no, nunca volveré a escribirte desde el amor, pero si puedo amarte desde la mentira de tu mente rota, que no existe más verdad que aquella que cada uno imagina para sobrevivir, mi querida Matilde, aquí me tienes, loco también por el miedo y dispuesto ya a morir contigo, aunque nunca nadie nos recuerde juntos cuando se estén pudriendo nuestros cuerpos.

Siempre tuyo, Hipólito

“Apuntes desde el aire.” Diario de Hipólito el poeta.

2 de noviembre de 2009

Cuando has dedicado gran parte de tus años a recibir la educación que ha de darte la formación necesaria para intentar sobrevivir en un futuro, las distintas aulas por las que has ido pasando se presentan un día en la memoria como el conjunto de paisajes que laten en el fondo de algunas de la más importantes etapas de tu vida. Etapas entre las que se encuentra aquella que contiene los maravillosos momentos a partir de los que vas cayendo, inevitablemente, en este eterno amor a la palabra.


Porque la campana que indicaba el inicio de la clase sonaba como la primera sílaba de un verbo elástico que, impulsado por el profesor, flotaba primero entre las cabezas de tus compañeros aun medio dormidos, que cogía peso horas después para caer a los pupitres donde a lápiz se escribían conversaciones fugaces, y que al final se volvía tímido y tembloroso al hablar con la primera mujer de tu historia. Mi recuerdo está hecho de palabras, y parte del pasado es un enorme rascacielos levantado sobre tiernos abecedarios, por cuyos pisos se reparten mesas verdes con mis amigos hechos niño, corriendo por esa gran torre de babel donde el tiempo pierde toda su linealidad.

Me gusta pasear por allí, como un viejo turista que observa las historias que yo mismo protagonizo una y otra vez y que, realmente, reescribo cada vez que las recuerdo. Suelo ir de aula en aula buscándome, y me siento justo a mi lado para leer lo que quizás aun no pasaba al papel, pero que sí estaba ya en esta cabeza acostumbrada desde joven a los más altos vuelos.

Es un edificio tan amplio que muchas de sus estancias están casi siempre sin luz, difuminadas, pero otras, en cambio, tienen un enorme sol en sus ventanas que hace perceptible hasta el más mínimo detalle. Como aquella en la que me levanto de la silla, a petición de don Andrés, y recito de la mejor forma que nunca recitaré el romance de Rey Don Sancho, Rey Don Sancho, no digas que no te aviso, que de dentro de Zamora un alevoso a salido……Y termino, y me siento tras la felicitación del profesor y la música del octosílabo hace que deje allí a aquel niño, aun sin gafas, y me vaya mecido hasta otra clase donde todos miramos a D. José Antonio intrigados por la leyenda que nos está contando, Miserere mei domini. Son estos dos capítulos por los que siempre paso.

La mágica arquitectura del lugar permite que las distintas habitaciones estén comunicadas por puertas que rompen las distancias temporales. Así, puedo estar viéndome hacer una división en el encerado y pasar a la clase contigua para entrar directamente a la facultad, al día en que una desconocida muchacha rubia se giró hacia mi para pedirme apuntes. No me importa, cuando asisto a esta escena, ver con total claridad el gesto de odio que pone al escuchar mi negativa, porque sé que será ella, tiempo después, la primera persona capaz de hacer que yo, totalmente obsesionado ya, le recite mis versos en esa intimidad que se alargo por varios años.

Lo cierto es que la poesía flota en el ambiente de este sitio. De hecho, es muy normal encontrarme, al andar por allí, con dos jóvenes poetas aun imberbes que se acercan a mi y me preguntan si he sentido ya mis primeros vértigos al observar el cielo nocturno, o si no he escuchado nunca los pájaros encerrados en las tuberías. Acostumbro entonces a pedirles que me acompañen y en el camino les voy explicando el porqué de tantos mensajes escritos en las paredes, quienes son sus culpables, hablamos y hablamos hasta que alguno de ellos señala que es hora de marcharse, no sin antes despedirse dejándome la mano llena de tinta.

Qué sería de mi recuerdo sin la palabra, sin ese arma cargada de futuro que nunca he dudado en utilizar, pues todos los cuerpos por los que fui pasando se mueven en aquellas habitaciones siempre preparados, bolígrafo en mano, para escribir y escribir; escribir en mesas, en libretas, en libros o en el mismo aire, como lo hacía cuando redactaba un hilo que iba desde mi asiento hasta la espalda de la eterna adolescente que delante, al otro lado de todas las clases, estudia ajena al mundo con sus gafas de ojos tristes.

Afortunadamente siempre quedan testimonios físicos que sujetan con firmeza las estructuras de este edificio a la realidad, puesto que uno se acostumbra desde el principio a guardar todo papel que cree importante y lo va acumulando en una vieja carpeta archivadora que se va hinchando, preñada de vida, con el paso de los años. Pero es necesario desengañarse, un simple objeto nunca podrá dar cabida a tanta historia y sus fuerzas irán cediendo hasta que, tal como me ocurrió esta mañana, sientas una explosión el desván que te haga correr asustado hasta él para comprobar como la carpeta ha quedado hecha pedazos y el suelo, en un cine de papel, reproduce uno a uno tus mejores momentos.

"Apuntes desde el aire" Diario de Hipólito el Poeta

19 de octubre de 2009

Encontrado entre las sábanas
el día de su muerte

















"Apuntes desde el aire" Diario de Hipólito el poeta

11 de octubre de 2009

Nunca he podido evitarlo. Cada año, en un golpe de viento, mayo me lleva los ojos y el deseo hacia esas mujeres, jóvenes en su mayoría, que comienzan a descubrir sutilmente sus cuerpos, lugar donde me demoro de la misma forma que lo hacen las primeras luces del verano, aquellas que le aportan un barniz cuyo brillo acaba guardando, sin duda, un poder hipnótico. Así anda mi lívido por esas fechas, perdida en el aire como un polen maldito, deslizándose por hombros desnudos o enroscada en las piernas que van de aquí a allá moviendo una belleza de apariencia jugosa, de piel fina y frágil capaz de quebrarse, seguro, al mínimo roce de un diente que haría brotar de ella hilos líquidos de puro azúcar.


Con el tiempo, uno consigue desechar la frustración que llega al saberlas inaccesibles, y se limita a observarlas con tranquilidad en ese vivo museo que pueden llegar a ser las calles. Son muchos los lugares propicios para esto, pero suelen existir determinados puntos en todas las ciudades donde el tráfico de transeúntes es constante y mayor, con lo que aumenta la posibilidad de enamorarse varias veces al día de la forma más placentera posible, imaginando que una de ellas se gira de repente, camina hacia ti, y te ofrece su mano para llevarte hacia algún lugar perdido en el horizonte donde lentamente, como si de ropa se tratara, va a quitarte, uno a uno, los años de encima. Por su ubicación en el centro, la rambla ofrece en sus bancos localizaciones perfectas para este cometido, prueba de ello es que a todas horas se arremolinan en ella bandadas de jubilados que parecen esperar la muerte dándose un último festín a los ojos. Sin embargo, este amor a la contemplación femenina no es una cuestión de edad, sino de tiempo libre, pues más de una vez han coincidido allí distintas generaciones, orientados todos hacia el mismo lugar de la misma forma que en un cine de verano, unos liándose cigarros constantemente y otros apurando bolsas de frutos secos y dulzainas que compran justo en el kiosco de enfrente. Es un lugar perfecto.

El funcionamiento de esta contemplación, aunque parezca lo contrario, es silencioso y totalmente individualizado, por cuestiones de elegancia y discreción queda prohibido avisar a aquellos que, demasiado concentrados en la charla, pierden las grandes oportunidades. Pero justamente ayer estuve allí, y sobre las ocho de la tarde, cuando la discusiones andaban entre guerras perdidas y tiempos difíciles, nadie anduvo por las nubes, porque una mano divina abrió el mar de gente que por la zona deambulaba y fue girándonos suavemente a todos la cabeza para que disfrutásemos con la muchacha de piernas interminables que andaba rambla abajo. A pesar de cataratas y miradas cansadas, ninguno dejó de seguir durante un solo instante sus pasos hasta que fue perdiéndose de nuevo entre la gente, momento justo en el que Don David Mesa, el mayor de todos, se puso de pie, se ajustó la corbata al cuello de su eterna e impoluta camisa blanca, agarró con fuerza ese bastón que tanto me gustaba y, haciéndonos una leve reverencia de despedida con la los dedos sujetando el ala de su sombrero, marchó también hacia abajo.

 A distintas velocidades y movidos por una gran curiosidad, todos nos levantamos para ver como poco a poco Don David iba acelerando sus pasos hasta llegar a la altura de la muchacha, quien se giró a la llamada de éste y extendió la mano para coger el papel que él le ofrecía. Después de despedirse, de nuevo con un gentil saludo, sabiéndose observado por nosotros, emprendió la vuelta sin utilizar el bastón, pasándoselo de una mano a otra como si fuese un objeto ya totalmente ajeno a él, innecesario. Y puesto que, tal como ya he apuntado, existe allí un pacto callado donde la cortesía es inviolable, cuando llegó al banco se limitó a liarse un cigarrillo y a recuperar la conversación que minutos antes había sido interrumpida.

La noche fue llegando lenta, con la misma tranquilidad que cada uno se tomaba para despedirse hasta la tarde siguiente y tomar dirección a sus respectivas casas. Así, desde las alturas el reloj de la iglesia marcó la diez y media cuando quedé solo en el banco junto a D.David. Quizás, en otra situación, el silencio que se interpuso entre nosotros me hubiese resultado incomodo, pero ese día estaba claro que cualquier palabra era inútil, pues Don David en realidad no estaba allí, sentado en la rambla de Montijo, D. David se hallaba en mitad de algún vuelo por lugares que únicamente él conocía, y del que sólo quiso bajar cuando delante de nosotros, y salida esta vez de la nada, se paró la muchacha de piernas interminables. Activados por un antiguo resorte, ambos nos levantamos al unísono en señal de bienvenida y la invitamos a sentarse, algo que ella hizo muy gustosa mientras D. David se dirigió hacia mí tendiéndome el bastón:
                          -Tome, joven, es un regalo, sé que le gusta. Pero ahora, espero que no le importe dejarnos solos...

El hombre avanza por la vida a través de una serie de rituales o actos significativos que van indicando el paso por distintas etapas, y quizás llevar bastón sea asumir que uno se encuentra en el principio de la caída, en el triste intento de rebelarse contra lo irremediable. Sin embargo, mientras observo su empuñadura plateada y admito que mis piernas ya van exigiendo cierta ayuda, no pienso en él como un trasto de la muerte, sino como el objeto que ha de sostener la esperanza de que algún día, no sé como, yo también deje de necesitarlo.

“Apuntes desde el aire” Diario de Hipólito el poeta.


30 de septiembre de 2009

“Al salir de casa no existían indicios de la lluvia que una hora después le sorprendería en una de las más mágicas calles de la ciudad, conocida por reunir, en sus escasos cincuenta metros, a todo un sinfín de anticuarios y tiendas exóticas. A pesar de que el agua cayó con fuerza desde un primer momento, confió en que se trataría de algo pasajero y decidió esperar dentro cualquier tienda. Así que sin siquiera mirar rótulos o escaparates, entró en lo que se le descubrió como una encantadora y sucia ruina de la biblioteca de Babel, pues por sus altas estanterías se multiplicaban libros desordenados, de distintos tamaños, polvorientos, y en el centro de la sala una gran lámpara de araña lo impregnaba todo de un misterio que aumentó aun más cuando el dependiente, salido de las sombras, se paró frente a él. Se trataba de un anciano de larga barba blanca, con anacrónicos quevedos y manco de una mano, algo en lo que no pudo evitar fijarse mientras aquel hombre le ofrecía leer cualquiera de los libros que encontrase por allí, eso sí, no sin abonar antes el precio de la taza de café que era obligatoria consumir si quería permanecer en su establecimiento, la librería “Fícpolis”.

Con la taza en la mano hizo un amplio recorrido por allí y le llamó la atención un pequeño libro blanco que destacaba en medio de una estante lleno de encuadernaciones oscuras, fue a por él, lo abrió por la mitad y leyó “porque la imaginación guarda monstruos/ a los que el olvido/ nunca podrá llegar”, unos versos que lo agarraron de tal forma que se vio obligado a saborear, junto al esplendido café, cada uno de los poemas que contenían aquellas páginas.

Cuando al fin terminó, buscó en las pastas del libro el nombre del poeta, y entonces, a mil kilómetros de aquí, parado en medio de una extravagante biblioteca, aquel hombre deseó, sobre todas las cosas, cruzarse algún día con ese tal Hipólito para  poder darle  las gracias.”

     - Afortunadamente, hace años que ese sueño no se repite.

"Apuntes desde el aire" - Diario de Hipólito el poeta.
HABITACIÓN ANÓNIMA

Sobre unas sábanas viejas
en una habitación en ruinas
donde sólo se escuchan
pasos perdidos
y una televisión lejana
dejas que esta noche
te duerman por fin las carreteras.

Pero a pesar del cansancio
la llama no se extingue
permanece suave en las esquinas
pues sabes que puedo amarte
incluso desde aquí,
no tener en cuenta las distancia
entre tu cuerpo y la ventana
en la que fumo y se enciende
como la esperanza en medio de la nada.

Doy así la espalda al mundo:
intuyo los soles de arena oscura
que arden bajo tu blusa
o esa mutua caricia de tus muslos
donde surge un corazón negro
que palpita y derrama su luz
en la cama de esta pensión,
triste como el escritor solitario
que tu imaginación asegura
ha dormido en ella.

Lo sé, el camino es largo.
Pero hoy basta de carreteras
que tenemos ya los ojos
cubiertos por el asfalto
de esta vida empeñada
en labrar nuestras palmas
con la tierra gris,
ceniza de los días.

Deja a un lado el sueño
porque también sé
que hoy los cuerpos nos llaman al placer
y el sentido de todo
está quizá en ellos
en ese sonido triste
que hacen al amarse.

Mañana volveremos al viaje.

Ahora sacúdete las sábanas
y déjame entrar a tu corazón
con un profundo latido
déjame llegar a la memoria
y a través de ella
floreceré en tu pecho si algún día
el cansancio te queda
tan pálida y triste
como esta pensión.

(Fícpolis)

22 de septiembre de 2009

NO EXISTE LA POESÍA, SÓLO LOS OJOS DEL POETA

En las madrugas, el verano solía entrar por la ventana cargado con el olor a pan recién hecho, y lo hacía despacio, meciendo suavemente las cortinas o tirando, alguna que otra vez, los papeles que había estado revisando repetidamente en el escritorio. La noche en que descubrí que, al contrario de lo que parecía, la panadería de enfrente continuaba activa, creí que tardaría mucho tiempo en marcharme de aquel piso viejo y diminuto al que el invierno castigaba con enormes manchas de humedad repartidas por los techos de las habitaciones. Pero a esta conclusión no llegué de repente, el lugar fue seduciéndome poco a poco, se fue conformando despacio un paisaje amoldado a mi, o al mundo que yo necesitaba para levantarme cada mañana y sentarme a escribir.

Las golondrinas son un buen ejemplo de ello. Desperté cierta tarde asustado por el vuelo de dos golondrinas que, por arte de magia, habían llegado hasta el salón, donde parecían haberse quedado encerradas en su particular torbellino, porque se movían por allí en círculos violentos, a toda velocidad, golpeándose contra lo que encontraban a su paso y dejándolo todo en una especie de caos que tardé al menos una hora en recomponer una vez conseguí que se fuesen. Hubiese quedado esto como una graciosa anécdota si no fuese porque cogieron la costumbre de interrumpir, al menos una vez por semana, mi siesta para repetir aquel maldito estruendo donde yo, blasfemando cepillo en mano, intentaba echarlas mientras ellas parecían burlarse con piruetas y espirales en el aire. Llegó incluso a convertirse en algo rutinario, y si una semana se demoraban, yo la pasaba entera sin poder conciliar el sueño durante la tarde, pues sabía perfectamente que la tranquilidad no dejaba de ser un estado de alerta hasta que ellas llegasen y se fuesen después dejando mis libros y mi dignidad por los suelos. Un domingo, tumbado sin hacer nada, caí en la cuenta de que aquella semana aun no había tenido la mala suerte de disfrutar su visita, así que decidí esperarlas preparado. En realidad nunca supe por donde entraban, con lo que la única opción era recibirlas ya cepillo en alto, y fue entonces, al salir a por él, cuando las descubrí posadas en el cordel del patio. Hubiese jurado que me estaban esperando, inmóviles, con los ojos puestos en mi mientras a su alrededor la ropa hondeaba al viento como banderas. Después de cinco minutos paralizado frente a ellas decidí volver al salón, y fue el tiempo el que me llevó a la conclusión de que aquello fue un acuerdo de paz, un declaración de amistad comprobable en el hecho de que nunca más volvieron a entrar, sino que se convirtieron en las peculiares compañeras que observaban, siempre desde el mismo lugar, mis idas y venidas a la cocina. A veces, mientras escribía, creía escuchar de fondo, bajo el claqueteo de la máquina de escribir, sus voces agudas comentando entre risas lo disparatado de mis palabras. Por mucho que intentase convencerme de lo absurdo de la cuestión, siempre que esto ocurría la papelera acababa rebosando de folios a medias.

Mi vieja máquina de escribir también jugó allí un papel importante. No es por ser yo fetichista que escribía con ella, existía una razón mucho más prosaica y sencilla, y es que mi ordenador decidió un día, sin previo aviso, que ya estaba harto de vivir y se apagó para no volver a encenderse nunca, dejándome a mitad de una historia que ya ni recuerdo, pero que andará seguramente deambulando por aquel disco duro esperando a ser acabada. Como mi situación económica pasaba por apuros en aquellos momentos, opté por prescindir de él y utilizar una vieja máquina que hacía unos años había comprado en un rastro con afán puramente decorativo. Era grande, pesada y verde. Le faltaban dos teclas, la A y la N, y su sonido era el de un enorme bailarín de claque que dejaba caer todo su peso en cada paso sobre el parqué. Conseguí como pude dos pedazos de plástico que sustituyeron a las letras perdidas y comencé a darle trabajo. Recuerdo que en los primeros días acababa con las manos destrozadas, porque para que la varilla metálica tocase el papel había que hundir la tecla, y por lo tanto el dedo, en un profundidad abismal que reducía a la mitad mi velocidad de escritura. Pero poco a poco, y al igual que ocurrió con las golondrinas, nos fuimos acostumbrando el uno al otro. De esta forma fue que los días y las noches, sobre todo las noches, se llenaron en aquel piso de martillazos cada vez más rápidos, cada vez más rítmicos, dando lugar a una canción repetitiva y horrorosa para toda persona que no fuese yo, pero supongo que mucho más para la señora Julia, mi vecina de abajo.

Cada mes aproximadamente echaba Doña Julia sus ochenta años escaleras arriba y tocaba mi puerta para entretenerse y martirizarme con el sermón que comenzaba con una exclamación sobre ese diabólico ruido que no la dejaba dormir y acababa, tras muchas curvas intermedias, en un profundo análisis sobre la juventud de entonces, la cual era mas vaga, irrespetuosa e irresponsable que la suya, llena de un sinfín de virtudes que la ayudaron a superar los complicados tiempos que a ella le tocó vivir. Llegué a pensar que planeaba esos encuentros, que me guardaba un sitio en su agenda, y la imaginaba en la mediodía previa avisando al marido, Don Javier, de que no contase aquella tarde con ella, porque teniendo en cuenta que dedicaba una hora a subir y bajar los veintidós escalones, y otra a repetirme el eterno discurso, no creo que le quedasen fuerza y ganas para hacer algo más en lo que quedaba de día. Además, cuando la veía bajar en cámara lenta y dolorosa, me asaltaba la pequeña duda de si realmente mi máquina le molestaba, porque si alguna vez tenía la osadía de hacer una réplica a sus rotundas afirmaciones, ponía un gesto de extrañamiento y se inclinaba hacia mí acercándome una oreja en la que un pendiente tiraba de toda su piel hacia el suelo, algo que me quedaba mudo de espanto, aunque después ella, para disimular su sordera, asintiese como si hubiese escuchado algo. A pesar de todo, sentía hacia aquella señora cierta simpatía y una curiosidad que se convirtió en incertidumbre la misma noche en que me asaltó, justo en su puerta, y dirigiéndome una mirada amenazadora me dijo que no debería salir sin revisar antes lo que acababa de escribir.

Suena extraño, pero amén de otros muchos detalles menos importantes, así vivía aquellos años en el nº 45, lanzando mi imaginación contra una máquina de escribir que, a pesar de ser corpulenta, la mayoría de las veces no conseguía asimilar mis golpes y los hacia salir despedidos contra todas las paredes, deformándolo todo al antojo de mi mente. Quizás ese paisaje transformado fue el que, en cierto, te llevó hasta mi, porque un viernes noche el viento debió entrar demasiado violento por la ventana y todos mis papeles amanecieron repartidos por el suelo, y dando forma, según pude observar, a una especie de camino que conducía hacia la puerta. Nada más despertar y poner los pies en el suelo, fui recogiendo los folios uno a uno hasta llegar a la puerta, donde, mientras recogía el último, pude escuchar la voz de una mujer joven que hablando por teléfono se alejaba escaleras abajo y me sentí al borde del precipicio. ¿Buscabas algo?- dije después de abrir la puerta movido por un instinto del que me he valido pocas veces en mi vida. No, gracias, es que me habían dado una dirección equivocada,- fue tu respuesta desde abajo. Pero no te vayas, sube, quizás pueda ayudarte…y sí, subiste para entrar, como una tormenta de verano, al lugar donde empezaron a crecer violetas por las sabanas que en breve tu sexo mojaría. Y en cuanto cruzaste la puerta, aparecieron las nuevas banderas de tu ropa en todos los cordeles,  sin pretenderlo te autoproclamaste como dueña alabada e indiscutible de mí y todo cuanto me rodeaba.

Nada tardé en acostumbrarme a ti, a comidas y cenas compartidas, al amor improvisado por cada rincón al compás de una música que sonaba escondida desde algún lugar que en un principio no me propuse averiguar. Pero algo o alguien estaba empeñado en desvelarme el secreto, y una noche, estando tú dormida en el sofá, escuché un alboroto en el minúsculo cuarto de dos metros cuadrados que utilizábamos de trastero. Me acerqué sigilosamente y abrí la puerta para descubrir a un cuarteto de jazz, que al parecer y no sé como, hacia vida allí dentro. Ajenos a mi presencia, continuaron con su tarea, el baterista comía apoyando el plato sobre la caja, el trompetista sacaba brillo al dorado de su instrumento, el pianista leía y fumaba a la vez que posaba suavemente los dedos sobre las teclas, y el ruido que me había llevado hasta allí lo hacía el músico restante, quien intentaba, sin mucho éxito, poner el contrabajo de forma que pudiese atrapar su propio cuerpo entre él y la pared para quedar suspendido y dormir, o supuse yo. Finalmente me vio el trompetista, carraspeo haciendo que sus compañeros supiesen que yo estaba allí, y sin dar ningún tipo de explicación, algo que no hubiese venido mal teniendo en cuenta la cara con la debería estar mirándolos, comenzaron a tocar una canción que reconocí al momento, con lo que no quedó otro remedio que dejar la puerta abierta e ir corriendo a despertarte para que I fall in love Too easily marcase el ritmo de nuestra huida a la cama.

Eso trajiste a mi casa, el jazz, la libertad echa música que hacia olvidar la torpeza con la que sonaban mis textos, el tiempo sencillo y perfecto que, en realidad, pasaba dulce y ajeno a ese futuro al que nunca llegaríamos juntos, porque un día, sin previo aviso, todo quedó en silencio. Despareciste y descubrí que no existe la poesía, tan solo los ojos del poeta, pues el invierno llegó de repente e hizo de aquel piso un lugar inundado por excrementos de golondrinas y esa humedad que apareció esta vez aun más negra en las paredes, oxidando mi vieja máquina de escribir. Y el frío, además de congelar todo tu rastro, quitó el pan de mis noches, ya que evidentemente me vi obligado a cerrar las ventanas, lo cual no impidió que pudiese oler el tufo a muerte y soledad que llegaba desde abajo, donde Don Javier pasaba las horas echando de menos a su querida Julia, quien ya no tuvo fuerzas para sobrevivir a un invierno tan duro como ese.


"Apuntes desde el aire". Diario de Hipólito el Poeta.

18 de septiembre de 2009

NEVER DIES


La noche se abalanza sobre los tejados
en una manada de gatos hambrientos
y en el edificio más alto de la ciudad
él acecha y espera
al cuerpo que le de
la roja fuerza de la vida.

Han dado ya las doce
y siento desde aquí
como sus relojes suenan acompasados
borrando los espejos donde
sombras y muertos juegan
a recordarle su soledad.

Es la condena del amor.
una obligada supervivencia al tiempo
buscando la misma imagen
en todas las fotografías

es el pasado de mis noches.
Sí, yo también he sido un condenado
también llegué a perseguirte
con sus ojos extendidos en el cielo

Míralo reptar por las paredes
seguir el rastro engalanado
de tu olor por la eternidad.

Han dado las doce
tengo que correr
porque la imaginación guarda monstruos
a los que el olvido
nunca podrá llegar.
Es la hora, el cielo
suena por sus ojos de campana
me contempla mientras siento
como lentamente
los lobos me rodean.

(Fícpolis)